3 de enero de 2011

Capítulo 4

Cuando los vi ahí arriba, tan cerca de mí, me sentí incluso mejor que en el meet & greet. Verlos tocando era algo totalmente increíble, y la adrenalina que corría por mis venas me hizo olvidar completamente de todo lo demás, incluso de la gente que me apretaba a mí alrededor. La verdad, es que no me acuerdo mucho del concierto, por alguna misteriosa razón solo sé que canté, grité y la pase mejor que en toda mi vida. Joe había lanzado unas miradas hacia donde me encontraba, pero supuse que no me había visto entre las demás.

Después de lo que parecieron apenas 5 minutos, ellos presentaron a la banda y se despidieron cantando Burnin Up, como siempre. Los perdimos de vista y se apagaron las luces, y ahí exploté: no podía dejar de llorar, realmente no podía… y ahí caí en la cuenta de lo que me estaba pasando.

Entre tanta emoción, salí del estadio con mi amiga (que estaba tan descontrolada como yo) y después de un rato, ella me invitó a comer algo rápido en un McDonalds que quedaba cerca. Pero le mentí diciéndole que había quedado para ir a comer con mi familia en la casa de mis padres, así que nos despedimos y me tomé un taxi hasta mi departamento.

Lo bueno de vivir sola es que nadie te dice que hacer y que no, y una se puede manejar totalmente sola, por eso me había mudado hace unos meses.
Lo primero que hice al llegar, fue mirar la hora: 23.30, me había decidido, iba a ir… y que fuera lo que fuera. Me miré al espejo y lo que ví me asustó, así que me di una ducha y al salir me sequé y arreglé el pelo. La suerte es que lo tengo lacio, así que no necesité planchármelo. Debo decir que mi pelo es la envidia de mis amigas, lacio, largo y de un castaño claro que no llega a rubio. Luego llegó la parte complicada: la ropa. Que ponerme para una ¿¿cita?? con una estrella de rock que hace horas había convocado a 60.000 personas en un recital, la verdad es que no tenía la respuesta. Revisé varias veces buscando en mi placard algo que no llamara tanto la atención y que tampoco fuera lo que me ponía todos los días. Perdí muchísimo tiempo, pero me decidí por un delicado vestido blanco, corto, bien de verano con un saquito y mis gladiadoras favoritas. Supuse que estaba bien, así que pasé a maquillarme, aunque tampoco quería excederme. Me pinté igual que lo había hecho esa mañana y miré de nuevo la hora: era ya la 1 de la mañana.

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